En este tiempo de pandemia del covid-19, el mundo entero es testigo de los estragos que está produciendo el virus, históricamente nunca presenciamos hechos como los que nos corresponde vivir.
Los sistemas de salud, en su gran mayoría, colapsaron y se ha visto a personas muriendo en sus hogares, en las calles, en los medios de transporte, en la puerta de los hospitales y cuantos más muriendo en la soledad de sus casas.
Nadie se salva y esto ha generado en la población en general un miedo a la muerte sin precedentes, temor que ya expresaron cuando los dueños de las casas, en algunas ciurdades, no dejaron ingresar a quienes veían que eran enfermeras o médicos, o simplemente porque mostraba síntomas de alguna enfermedad.

Fue cruel y grotesco lo que presenciamos ya que observamos que habíamos perdido lo más elemental que nos hace ser personas: nuestra humanidad, la capacidad de compadecerse del otro, la capacidad de ponernos en el lugar del otro, la capacidad en entender el contexto de pandemia, la capacidad de amar y entender al que sufre, al que es débil, al que es distinto, al que nos incomoda, etc.
Lo más bello que poseemos las personas es nuestra humanidad ya que es lo que nos une y nos muestra de que estamos hechos, todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, todos somos hijos e hijas de Dios y llevamos inscrito en nuestros corazones el amor.
¡Hemos perdido mucho!
Perdimos a familiares, hermanos, padres, madres, abuelos, amigos, conocidos; perdimos a médicos, enfermeras, amas de casa, ingenieros, arquitectos, abogados, choferes, agricultores, actores, cantantes, deportistas, sacerdotes, religiosos, laicos dedicados a la evangelización, etc.
Hace un día atrás perdimos a otro obispo, Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de El Alto quien parte a la Casa del Padre en la soledad de una pandemia que nos exige el distanciamiento físico, el distanciamiento social que nos impide acompañar en el dolor, ¡cuántas personas tuvieron que pasar por esto! Solo nos queda llorar, porque esa es la expresión más bella del amor que se tiene a una persona.
Hace un año y seis meses que lloro la ausencia de Mons Gonzalo y hoy lloré la ausencia de Mons Eugenio; no lo conocí de cerca, ni tuve trato alguno con él, pero al ser parte de la misma Iglesia y del amor a la evangelización y la misión es más que suficiente para sentir algo por alguien.
Un hijo de Dios se nos marchó, como dice el salmista, ya no lo volveremos a ver en la tierra de los vivos, así como a muchos que también ya partieron a la Casa del Padre.

Pienso en aquellos que eran muy cercanos a Mons. Eugenio, de cómo deben estar pasando estos momentos, de la impotencia no poder despedirse del cuerpo, de que ya no lo volverán a ver, que parece un sueño lo que está pasando y del hondo dolor y la herida que deja su ausencia.
Solo nos queda la fe, sin ella estaríamos perdidos; la fe nos permite ver y comprender aquello que humanamente no logramos aún digerir; los días y los meses que vienen serán de hondo dolor; no sabrán de qué lloran, solo llorarán; no sabrán porque están tristes, solo lo estarán; no sabrán porque están solos, solo lo estarán; no sabrán porqué la persona ya no está, solo que ahora la persona ya no está.
Solo nos quedará llorar, la mayoría de las veces lo tendrás que hacer solo y en esa soledad de tu habitación donde muchas veces se dará un combate, un combate espiritual que llegará a las raíces de tu fe, ahí, en esa soledad conocerás tu debilidad, de que no eres dios, pero que necesitas de Él, que solo eres un hombre, lleno de imperfecciones, que no eres mejor que los demás.
Ver la muerte sin la luz de la fe es mortal, estamos perdidos.
Pienso en la cantidad de personas que quedarán mal de la cabeza, de su psique, por lo que vivieron, por lo que pasaron, por lo que perdieron, será necesario y urgente tener una pastoral del acompañamiento en el dolor.
No existe día alguno que no piense en Mons. Gonzalo, pienso que lo mismo seguro pasaran muchas personas y lo mismo pasará con los amigos cercanos de Mons. Eugenio. Y es que ese es el amor, que no conoce los límites del tiempo y del espacio.
Muchos sacerdotes dejaron hondas huellas en sus amigos; la labor de un sacerdote es la cercanía con sus fieles y con aquellos que le acompañaron en su labor pastoral, ¡cuánta cercanía vivimos! A muchos les es difícil comprender.

Pienso sobre todo quienes se entregaron vivamente a la evangelización, que es la vocación propia de la Iglesia, a través de ella llegamos a las personas, es más, al corazón de las personas y con el influjo del Espíritu Santo, cuántas conversiones se dieron, mayorías de ellas desconocidas para nosotros, pero que quedan inscrito en el libro de la vida para que cuando también Dios nos llame lo tenga en cuenta a favor de nuestras almas.
Dice San Pablo que cuando soy débil soy fuerte, ¿qué contradicción verdad? En estos momentos de dolor es cuando se manifiesta la potencia creadora de Dios que solo la fe nos permite ver.
Pido que, en este momento de profundo dolor, ahora que Dios nos ha mostrado nuestra debilidad y la supimos reconocer, cogidos de su mano, pidamos que Dios nos conceda el don de la fortaleza para superar este momento de nuestra historia y prepare nuestros corazones para ir a su encuentro.
(Este artículo lo escribí hace meses atrás, por julio del 2020 y hoy me animo a publicarlo en honor a tantos amigos, religiosos y sacerdotes que han partido a la casa del padre en estos últimos meses y ¡días!)
(¿Quieres estar actualizado en nuestras publicaciones? Tenemos canal en Telegram, haz clin en el ícono)