Cómo manejar el dolor por la muerte de la persona amada

Algunas interrogantes sobre el dolor y el sufrimiento.

Algunas de las preguntas que con frecuencia uno se hace cuando pierde al ser amado son: ¿Por qué te lo llevaste si era tan importante para mi, para la familia? ¿Por qué te lo llevaste si era tan joven, apenas empezaba su vida? ¿Qué haré ahora sin él/ella?


Es natural que pensemos en esas cosas, lo terrible sería que no lo hagamos; pero este es el momento cuando la espada del dolor atraviesa el corazón poco a poco y en su paso lo deja “casi” desgarrado. Prácticamente me deshago, ya no estoy completo, ya no soy yo mismo, observo a mi alrededor y si bien las personas están ahí, yo no estoy con ellos, yo estoy con la persona amada, hasta parece que me habla y en mi mente se gesta un diálogo, el diálogo de los grandes recuerdos, de aquellos que marcaron nuestro amor o nuestra amistad.


En la sagrada escritura existe un hermoso pasaje que nos recuerda aquellas palabras que le dijo Simeon a la Virgen María: “Una espada atravesará tu corazón”. María las llevaba en su corazón, más adelante se plasmarán en la muerte dolorosa por la que pasó su hijo. Ella vió todo y experimentó el dolor por la injusticia que se estaba cometiendo contra Jesús. Seguro tenía el corazón desgarrado pero sabía que Dios no lo abandonaría. Por eso, también ten la seguridad que hoy Dios no te abandonará.

¿Es el dolor y el sufrimiento igual para todas las personas?


No sufre lo mismo el esposo por la esposa, la esposa por el esposo, el padre y la madre por el hijo, los hijos por los padres, los hermanos por los hermanos, los nietos por los abuelos, los amigos por los amigos, etc. No es lo mismo porque el amor es distinto. Así como el dolor y la gestión del dolor también son distintos. Esto pasa porque cada uno entrega lo que recibió, esto es, la capacidad de amor que Dios puso en nuestros corazones. Él nos ama infinitamente. El regalo más grande y hermoso que Dios dispuso para nosotros es el amor. La capacidad de amar es innata a la naturaleza humana y nos acompaña toda la vida, sin ella estaríamos perdidos.


¡Que grande y hermoso es sentir el amor por nuestros seres queridos! o como dice el salmista: “qué hermoso es el amor entre los hermanos”. Este amor es tan grande que permanecerá imborrable en nuestros corazones. Jamás olvidaremos a la persona amada y al ser querido. Sabemos que debemos pasar por el dolor. Pero en gran medida, será nuestra fe la que nos ayude a sobrellevar este sufrimiento.


¿Es la muerte el final de todo?


Hay quien piensa que la muerte es el final de todo, que no existe nada más y que todos algún día seremos parte de ella. Es la idea que hoy y hace siglos atrás se propaga en ciertos ambientes de nuestra sociedad: la no existencia de Dios.


Quitar a Dios de la vida del hombre, es dejarlo en el vacío y el sinsentido donde todo es relativo, incluso el amor. Sin embargo, gracias a que Dios nos sacó de esta forma de pensar y vivir y nos mostró que no todo acaba en la muerte, que existe esperanza. Porque mi esposo, mi esposa, mi padre, mi madre, mi hijo (a), mis abuelos, mis tíos, mis sobrinos, mis amigos, etc no se fueron a la nada sino que están en el cielo gozando de la presencia de Dios. “Allí ya no hay llanto ni dolor”. Todo es alegría porque al fin podemos ver a nuestro creador y su sola presencia lo llena todo.

La muerte no es el final sino el inicio de la vida eterna, eso nos dice nuestra fe.

San Pablo, el gran apóstol de los gentiles tenía unas ganas de morir para estar con Cristo que exclamaba: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia«. Él decía: “Cuánto desearía partir pero soy consciente que debo pasar por las tribulaciones”. Él era consciente de lo que le esperaba y no tenía miedo a la muerte, sino que lo esperaba y “hasta la buscaba”. Cuanta enseñanza nos dejó y nos marcó el camino de la fe y la esperanza en la vida eterna.


¿Para qué vivimos?

Por una disposición que sólo Dios conoce, unos deben partir antes que otros y esto es un misterio. Pero cuando muere un ser amado y querido muchas veces deseamos partir también con él para ya no estar solos. Hasta a veces olvidamos que otros quedan bajo nuestra responsabilidad, pero así es el amor, el desear estar siempre al lado de la persona que amamos ¡Que hermoso que seamos así! Lo cual quiere decir que nuestra vida es un vivir para los demás, ¡vivimos para los demás, para el otro! Porque el amor es “relacionalidad”. Aprendemos a amar cuando estamos junto al otro y en el camino de la vida esa persona, que ahora ya no está, nos enseñó a amar y juntos vivimos una historia basada en el amor.


Es la historia de amor del esposo por la esposa, de la esposa por el esposo, de los padres por los hijos, de los hijos por los padres, de los hermanos por los hermanos, de los amigos por los amigos, etc. Cada amor es distinto y único a la vez. Por eso cada llanto y dolor es distinto y único también. Cuando se ha amado de verdad, es en la muerte cuando se manifiesta con bastante intensidad porque está unido a lo más íntimo de nuestro ser. Es aquí cuando el amor y el dolor se hacen uno. Por lo tanto, muchas veces es tan complicado consolar a la persona doliente, porque su dolor es único, sólo él o ella lo saben. Solo él o ella lo pueden sobrellevar. Los demás solo podemos acompañar pero muchas veces tendremos que abrazar y llorar al mismo tiempo.

¿Cómo podemos manejar el dolor?

No es sencillo gestionar el dolor. El dolor no es una línea constante, sino que es variable y su catalizador es el tiempo. Desde mi experiencia, tuvo que pasar un año entero para superarlo. Desgasta a la persona, sí, pero esta dependerá de cuánto amor has tenido por la persona que se marchó. No debemos temerle. Muchas veces ese es el camino que Dios nos pone; por eso es importante que vivamos con los ojos de la fe, que no estemos solos, que haya personas que nos acompañen.

La importancia de una comunidad que te apoye y sobre todo que no te falte el “Alimento” y la “Palabra de Dios”. Para que en este desierto Él hable nuevamente a tu corazón. Por eso ahora que estás solo o sola, Dios tiene una gran oportunidad de habitar en tu casa, nuevamente para decirte que te ama, que no estás solo y que mejor que nadie comprende tu dolor.


Por eso junto a San Pablo podemos decir: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Como dice la escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Por eso estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Rm 8, 35-39)

Nuestra esperanza es Cristo, con él la muerte y el dolor tiene sentido porque no tienen la última palabra y que mi relación con la persona amada que se marchó es nueva, es más intensa y se apropió de un lugar de mi corazón. Solo debo buscar que ahora ocupe el lugar que le corresponde porque tengo una responsabilidad: otras personas dependen y necesitan de mi presencia.


Es verdad, lloraré muchas veces y en la mayoría de ellas en la soledad de la habitación; sin embargo, será un llanto de amor, porque una vez más amaré a la persona y le diré que sigo amándola, que no la he olvidado, pero como todo amor debe crecer y madurar.

salvados en esperanza
como manejar el dolor y el sufrimiento

Podríamos afirmar que la gestión del dolor es una escuela del amor y en ella tenemos la gran oportunidad de volver a enamorarnos nuevamente de Dios que es la fuente del amor. No dejes pasar esta oportunidad, ¡Dios te ama!

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