La pandemia del covid-19 es imparable y a su paso está dejando mucho dolor y sufrimiento en las familias. Los hospitales han colapsado, nos dicen que debemos aguantar, los medicamentos esenciales han subido de precio, no hay economía que la aguante. Por eso hoy más que nunca las personas necesitamos tener esperanza – solo eso nos queda – que manifieste que no estamos solos, que Dios camina con nosotros y que jamás nos ha abandonado.
¿Cómo podemos entender esto?
Es verdad que no es fácil ver a Dios en una situación de muerte y dolor por la pérdida de un ser querido, un padre, una madre, un hijo o una hija, los abuelos, los tíos, los amigos, etc. Frente a esta situación es fácil echar la culpa a Dios, sobre todo si no se tiene una vida de fe.
Si dices que eres bueno, ¿por qué permites el sufrimiento y la muerte?, ¿por qué permites la enfermedad?, ¿por qué permites el mal en el mundo?, ¿por qué te lo llevaste a…?
Son innumerables las interrogantes que nos hacemos y toda la vida se vuelve una oscuridad que muchas termina consumido en el dolor y el resentimiento. Quedamos en la soledad de nuestros pensamientos; sin respuestas que nos aseguren que todo va estar bien porque el virus mortal continúa su camino sin parar.

Vemos que estamos solos, sin fuerzas, sin esperanza por un futuro mejor. Lloramos y lloramos, las lágrimas no pararon de caer, no encontramos consuelo en nada, todo es penumbra y las palabras de aliento de familiares y amigos, son solo eso, palabras. No existe la forma de romper la espiral de dolor que a momentos se hace intenso, tan intenso que caemos en la desesperación.
Estoy solo y no existe nadie que cubra este dolor que es tan profundo que hasta la vida parece no tener sentido. También yo me quisiera morir para estar a tu lado, no quisiera dejarte ir porque fuiste lo más importante para mí y la vida sin ti no tiene sentido. Es el llanto del esposo por la esposa perdida, de la esposa por el esposo perdido, del padre por hijo perdido, de la madre por la hija perdida, del hijo por el padre o la madre perdida, del amigo por el amigo perdido, etc.
Parece que el dolor no tiene fondo, es interminable, es un misterio.
Es el dolor de Cristo en el huerto de Getsemaní, horas antes de dar la vida por todos nosotros.
¿De dónde me vendrá el consuelo? ¿Habrá algo que me salve de esta hora?
El salmo 121 nos dice “el auxilio nos viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”. Pero necesitamos levantar la mirada al cielo y pedir a Dios que intervenga, que venga en nuestra ayuda, que solos no podemos con este dolor y sobre todo que dé sentido a nuestra existencia en esta hora de sufrimiento que quema el corazón.

Recuerdo ese momento, lo viví hace dos años atrás y sé perfectamente cómo es; parece interminable ¡Me quiero morir! Va pasando, muy lentamente y se asienta en lo profundo del corazón donde el ser amado queda grabado como un sello imborrable. Es un itinerario de fe donde el amor se hace más fuerte que la muerte como nos dice el Cantar de los Cantares; pero inevitablemente debemos cruzar por el desierto del dolor o el valle del llanto donde la cruz se hace muy pesada.
Somos seres humanos creados por amor y para amar, pero llevamos la fragilidad de la vida que se expresa en la muerte, el dolor, el sufrimiento, el sinsentido. Somos finitos, la vida se nos va y “la hermana muerte” no suele avisar la fecha y la hora, solo está ahí, sigilosa, vigilante, escurridiza, pronto a dar la estocada final.
¡Qué frágil es la vida! ¿Señor para que nos creaste? Si la vida tiene sentido ¿Por qué termina así?
No, la vida no termina así porque vivimos en esperanza; pero no una esperanza cercana o finita, sino eterna. En el fondo toda nuestra vida está impregnada de esperanza que constantemente nos impulsa hacia adelante, a la vida eterna. Solo que no la vemos, pero está ahí, camina a nuestro lado y jamás nos abandona.
San Pablo es claro al afirmar que una esperanza que se ve no es esperanza, sino que la esperanza es algo que no se ve. Por eso la esperamos y podemos cantar con el salmista “he esperado, he esperado en el Señor y él hacia mí se ha inclinado, ha escuchado mi grito, me ha sacado de la fosa de la muerte”.
Nuestra vida tiene un límite y lleva la marca de la muerte. Por esa razón, el miedo a la muerte es una constante en la vida de las personas. Frente a este hecho Dios nos regala su amor, su presencia, su misericordia a través de la virtud de la esperanza. “El cristiano es aquel que vive con esperanza y tener esperanza es tener futuro” (Benedicto XVI). Significa mirar la actuación de Dios en cada instante de la vida con ojos de la fe y solo ahí la muerte, el dolor y el sufrimiento cobran sentido y vemos a la persona amada con ojos de gratitud. El corazón late diferente, no es el mismo, tampoco el amor ya no es el mismo porque ha traspasado nuestra fragilidad humana y se hizo eterno con el Eterno ya que de ahí proviene.
Llevamos en nuestro ser la impronta del amor de Dios. Él puso en nuestros corazones esa gran capacidad que es el amor; para que, también nosotros la podamos compartir con los demás. Por eso extrañamos con tanta pasión al ser querido que se marchó a la eternidad.
Nos dice Benedicto XVI: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Para nosotros que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible”.
“En esperanza fuimos (creados) y salvados” (Rm 8,24). Por lo tanto, no todo está perdido. La vida cobra otro matiz, es más hermosa y da gusto vivirla día a día y por supuesto la muerte ya no es el final, sino el inicio de un camino que nos lleva al encuentro con Dios.
Por eso en estos días grises de pandemia, volvamos la mirada nuevamente a Dios para entregarle nuestros dolores y sufrimientos, para que Él haga ligera nuestras cargas y nos conceda la capacidad de imitar a su hijo Jesucristo porque él conoció el dolor, el sufrimiento, el rechazo, el odio y se vio solo frente a la muerte y muerte de cruz.
Jesús tenía la certeza de que su Padre no le abandonaría y así fue. Dios no abandonó a su propio Hijo y nosotros somos coherederos de esta promesa. Dios no nos abandonará, esa es nuestra esperanza y la fe nos confirma que esto es verdad.
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