El altar: el espacio del mundo y el espacio de Dios

Título tomado de una expresión del Cardenal Robert Sarah

El espíritu de la liturgia

El Concilio Vaticano II supuso un cambio trascendental para la vida de la iglesia y su relación con el mundo, muchos autores afirman la existencia de una ruptura con el pasado y una adecuación a los tiempos actuales (aggiornamento), en tanto otros autores, entre ellos Benedicto XVI afirman de una continuidad o “hermenéutica de la continuidad” donde el pasado es visto desde una auténtica interpretación escriturística que no elimina lo antiguo sino que se adecua sin perder su mensaje central.

Entre los cambios que suscitó el Concilio Vaticano II, la liturgia fue la que primero se abordó y aprobó; ya Juan XXIII en 1960 había creado una comisión de avanzada que abordase la cuestión de la liturgia, con todo, más tarde en 1963 nació la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia.

Lo llamativo de la Sacrosanctum Concilium es que no determinó el cómo de esta renovación litúrgica, serán las comisiones post concilio quienes harán realidad estos cambios, pero el movimiento de renovación litúrgica iniciada años atrás ya había dado pasos importantes, así por ejemplo en Alemania se empezaron a construir templos con nuevas disposiciones.

Veníamos de una época marcada por la majestuosidad de las celebraciones litúrgicas, pero alejadas del pueblo y de la participación de los fieles. A esto debemos sumar que la disposición de los templos no favorecía esta participación, así el altar, centro y eje de la celebración, estaba alejada del pueblo.

La trascendencia divina

Según el Cardenal Robert Sarah en su libro “Se hace tarde y anochece” sostiene que en la fe católica la trascendencia queda expresada y simbolizada en el altar, pero, ¿qué es el altar? Haciendo referencia a Romano Guardini en su obra “Preparemos la Eucaristía” sostiene que su significado contiene dos imágenes: es el umbral y la mesa.

altar de una iglesia en la noche

Continúa el Cardenal. El umbral es la puerta y significa dos cosas: frontera y paso, esto es, donde termina una cosa e inicia algo nuevo. La frontera marca el final del espacio antiguo y el inicio de algo nuevo, por lo tanto el altar como umbral constituye, primero una frontera, aquella por antonomasia entre el espacio del mundo y el espacio de Dios, entre la accesibilidad del ámbito humano y la inaccesibilidad de Dios.

Pero en Cristo Jesús esta inaccesibilidad se ha hecho accesible, ya el hombre no está fuera del alcance divino, sino que lo divino vino a nuestro encuentro rompiendo de esta manera esa frontera que nos separaba de Dios, pero aún así el altar es un lugar sagrado y debemos acercarnos a ella despojados de nuestras seguridades humanas, para tal efecto es muy ilustrativo el pasaje de Ex 3,1-5 donde Moisés tendrá un encuentro personal con el Dios del Horeb a través de una zarza que ardía pero que no se consumía y cuando se acerca la voz de Dios le dirá: quita las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es suelo sagrado.

Este hermoso simbolismo del altar nos debería llamar la atención, tanto sacerdotes como los fieles no podemos subir al altar sin antes considerar que nos encontramos delante de la trascendencia y la majestad divina.

Hoy lamentablemente en muchos lugares se ha perdido respeto al altar y hasta se lo considera un simple accesorio más donde actúa el sacerdote, por tanto muchos servidores del altar, así como los fieles no respetan el ámbito sagrado del altar y en plena eucaristía se los ve pasando de un extremo a otro a vista y paciencia del celebrante. Se ha perdido el sentido de trascendencia de lo divino y con ella la trascendencia a la que está llamada el hombre.

La dedicación del altar

Es interesante observar que “muchos pueblos se construyeron alrededor del altar en torno a una iglesia, así los templos se constituyen en el axis de un pueblo o una ciudad, todo converge hacia ella, por eso el altar es el corazón de nuestras” ciudades (Cardenal Roberth Sarah) y esto tiene que ver con el sentido de lo sagrado que las civilizaciones siempre han demostrado, por eso la presencia de lo sagrado genera ese sentimiento de respeto y reverencia, actitudes que se exteriorizan en respeto por el ser humano, por lo tanto podemos afirmar que la experiencia de lo sagrado converge en respeto a la dignidad humana, lo cual a su vez nace de nuestra pertenencia de seres creados a imagen y semejanza de Dios.

dedicación de un altar

Según el Rito de dedicación de un altar, esta conlleva varios aspectos de riquísimo significado:

El altar es signo de Cristo, es el lugar por excelencia donde se celebra el misterio pascual; por su naturaleza es el lugar del sacrificio, pero también del convite pascual. En ella se perpetúa el sacrificio de la cruz para siempre hasta que Él vuelva; es la mesa alrededor del cual se reúnen los hijos de Dios y comparten el pan de la vida. Alrededor del altar giran de un modo u otro las demás acciones litúrgicas.

Es en el altar o alrededor de ella que el pueblo de Dios se hace uno: un solo corazón, una sola fe, un solo bautismo.

Continúa el ritual: Se acostumbra que el altar sea dedicado a quienes nos precedieron con su ejemplo: los mártires. Si se da el caso, las reliquias deben ser colocadas debajo del altar en alusión a la expresión de Juan en el Apocalipsis: “Vi al pie del altar las almas de los asesinados por proclamar la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían” (Ap 6,9)

El altar se construirá separado del muro, para que el sacerdote pueda rodear fácilmente y celebrar la misa de cara al pueblo. “Ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de la asamblea de todos los fieles”. (OGMR 262)

Existen dos tipos de altar: los fijos y los móviles. El altar fijo es aquella que queda estacionada en un solo lugar y forma el cuerpo de la celebración eucarística, son las que están expuestos en las catedrales, templos, capillas, en tanto el/los antares móviles son aquellos que se “arman” o “montan” según las circunstancias de la celebración litúrgica. Así nos encontraremos con altares en los más variados lugares, todas ellas santificadas por la presencia real y verdadera de Jesucristo.

La eucaristía es un cuerpo, dispone de una cabeza y una boca. Este precioso simbolismo hace que el altar sea el cuerpo y centro de la celebración eucarística donde las miradas convergen en una hermosa sinfonía de voces y de corazones que a una cantan el Dayenú: ¡Cuántos bienes nos ha dado el Señor!

  • El desarrollo de la fe tras la modernidad, Carmen Hernandez y el Vaticano II de D. Pedro Lopez Martin, 2021
  • Originalmente este artículo lo publiqué en la página: ¿Yo SOY Liturgo?

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